En la vereda de enfrente
Cada vez somos menos las personas que aceptan encasillar al póker dentro de los denominados juegos eminentemente de azar; ya que si bien la cuota de suerte no escapa al mundo de este bello juego, esta no resulta determinante más que en situaciones puntuales, siendo entonces el motivo del éxito o del fracaso las determinaciones tomadas erróneamente por los que practican poker. La suma de experiencia, la correcta implementación de tácticas y estrategias de juego, la astucia y la intuición son aspectos que influyen en mucha mayor medida que la buena fortuna a la hora de evaluar el desempeño en una partida: de nada nos servirán toneladas de cuotas de suerte si no estamos enfocados y pagamos lo que sea por defender un juego malo; tarde o temprano, por lo general lo segundo, nos lanzarán a la calle con los bolsillos vacíos.
Se puede dar cuenta de esta afirmación con diversos estudios realizados en institutos y universidades, principalmente de Estados Unidos y Europa, que sostienen con sus resultados que lo aleatorio del juego afecta en una medida mucho menor de la que le asignan quienes son detractores del poker. Pero también existen parámetros evidentes en el mundo del juego real:
- No sería posible establecer un ranking de jugadores profesionales sostenido si la intervención del azar fuese determinante. Daniel Negreanu, Jason Mercier, Elky Grospellier o Juan Manuel Pastor hace años que participan con éxito en los torneos más importantes del mundo.
- La gran mayoría de jugadores jóvenes que se integran al circuito profesional, haciendo una fuerte plataforma online, no por azar son estudiantes universitarios avanzados, principalmente del ámbito matemático; lo cual aprovechan para establecer criterios de juego de mayor efectividad.
- Muchas personas ajenas a la élite del poker participan de los torneos PRO; sin embargo resulta extremadamente difícil que estos alcancen instancias decisivas. La excepción que confirma la regla es Joseph Mouawad, un ignoto participante libanés que en el European Poker Tour de Londres de 2007 se alzó con el título y más de 600,000 libras esterlinas. La explicación es bien sencilla: el empresario inmobiliario jugó de una manera impecable para alcanzar el objetivo; la suerte tuvo muy poco que ver con su toma de decisiones o su efectividad.
Según el reconocido jugador español Juan Manuel Pastor, en el poker hay un cuarenta por ciento de estudio, habilidades y matemáticas; un cuarenta por ciento de intuición e instinto y sólo un veinte restante de suerte: “…ganar o no ganar a veces depende de una pica, pero a lo último de un torneo siempre llegan los que mejor juegan”. El hombre vive de ello, así que habrá que creerle…
¿Y qué hay del vicio?
Indudablemente la otra arista de la que se apropian los cuestiona dores del poker es en la hoy tan “promocionada” ludopatía. Ante este problema hay dos posturas claramente opuestas: están quienes sostienen el famoso refrán “muerto el perro se acabó la rabia” y quienes refutan “la culpa no es del chanco sino de quién le da de comer…” Lo cierto es que no caben dudas de que, más allá de lo cierto que pueda ser el primer refrán, el perro no es en sí peligroso. Los automóviles, las bebidas alcohólicas o las armas no son responsables de los estragos que el hombre pueda hacer con ellos. Con el poker, tanto como con cualquier otra actividad, sucede lo mismo: el exceso que pueda hacerse de algo no convierte en algo malo a la cosa.
Muchas organizaciones que toman posiciones extremas acusan o cuestionan a los sitios de práctica o asesoría de poker como promotores de la mentada ludopatía; nada tan alejado de la realidad… En estas páginas, quienes colaboramos en ellas siempre hacemos hincapié en el debido control de nuestro juego, el cálculo, la paciencia y la estrategia; jamás se promueve la compulsión. Y por otro lado, quien sufre este mal difícilmente consulte el modo adecuado de practicar el juego; ya que está más obsesionado con ganar que con aprender a hacerlo.
Las conductas patológicas son propias del individuo y no de su entorno. Señalar como responsable a quienes ofrecen un momento de esparcimiento de la conducta inapropiada del usuario es lo mismo que considerar al empleado de una gasolinera cómplice del incendiario que le compró combustible para dar vuelo a su insanía. Claro está que desde nuestra posición debemos intentar ser precisos en nuestras apreciaciones para no generar confusión o compulsión; pero de ningún modo se puede endilgar a quién promueve o asesora respecto de una acción lúdica semejante responsabilidad. Sólo podemos hacernos de la leyenda que previene este tipo de accionar: jugar compulsivamente es perjudicial para la salud.
Vuelvo a citar a Juanma Pastor, quien hizo mención de un proverbio ruso que dice: “El espejo no tiene la culpa de que la nariz esté torcida”.